Saturday, February 26, 2005

Carlos Redondo

Daimiel. Carlos Redondo nos obsequia con un pasacalle que glosa las penas, alegrías y bienaventuranzas del pueblo manchego, donde, según repica la tonadilla, la Virgen le pidió a un pastor que le plantara una ermita. Y el pastor no fue a encontrar mejor sitio que tan distinguido enclave. En definitiva, Somos de Daimiel (1971) es un panegírico a mayor gloria del emigrante manchego que, sin duda, logrará hacerles derramar lágrimas de emoción al escuchar tan florida composición. Tantas como las necesarias para llenar de nuevo las exiguas Tablas de Daimiel, tan faltas de agua según nos consta por el visionado de los integrales de Jara y Sedal que nos hemos echado al cuerpo.
Pero no queda ahí la cosa; la emoción crece en intensidad con el siguiente hit del mismo Carlos Redondo: El Obrero Aventurero (1971). Ahí es nada. Una puntilla de fino encaje en la que, a través del ritmo de un valiente surf español, devuelve a la actualidad un tema que parecía finiquitado alcanzados, por derecho y por revés, los niveles de desarrollo pleno: el pluriempleo. Eficaz herramienta para combatir los duros trances de la economía de desarrollo franquista, Carlos Redondo pone el dedo en la llaga al recordar a todos aquellos que, impulsados por el hambre y la necesidad, se vieron obligados a multiplicar su esfuerzo con el que rellenar el sueldo a fin de mes. O que se siguen viendo obligados. Que no es moco de pavo.

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